lunes, 21 de diciembre de 2009

Un simple ser humano

¡Llevaba tanto tiempo sin escribir que ya hasta olvidé las últimas penas vaciadas en este rincón!
Son tantas las cosas que he vivido en los últimos meses que no sé por dónde empezar. Quizás deba dedicarle una entrada a cada elemento nuevo de mi nueva vida. Pero, por lo pronto, sólo trataré de dar un simple paseo por todo lo que ha sido mi eterna búsqueda de mí mismo desde que dejé tantas cosas que aprecio hasta ahora.

No tengo la menor idea de en qué estado de ánimo me encuentre en este momento –sí, qué triste es no saber cómo uno se siente en un momento determinado, ya que no se recuerda en qué momento empezó todo. Tampoco sé a ciencia cierta cómo esto pueda afectar lo que escriba hoy; no quiero ser objetivo, este es el único refugio que guardo para mis verdaderos sentimientos, los que nadie ve, las lágrimas y las risas de las que pocos se enteran, en fin, todo lo que soy. Empezamos.


Debo comenzar diciendo que me encuentro a gusto donde estoy. Me siento bien, mejor, porque si bien dejé mitad de mi corazón al otro lado del océano, también me alejé de muchas cosas que me hacían daño, cosa que sólo muy pocas personas sabían. Al llegar aquí, decidí permitirme crecer en todos los sentidos. Madurar, evidentemente, porque llegó el tiempo de aprender a ser autosuficiente, de permitirme menos errores de los que me permitía antes, de buscar dónde y cómo quiero vivir mi vida. Desarrollarme, también, en todos los ámbitos posibles, ya que lo mucho o lo poco que haga durante mi paso por este copo de estrella que hace millones de años, una supernova esparció de un estallido en la nada, quiero que llene todas mis espectativas –y los que me conocen, saben que estas son extremadamente altas.

Creo que, en parte, he logrado adaptarme rápido gracias a mi prodigiosa –quizás contraproducente– habilidad para tapiar mis sentimientos bajo una capa espesa de metas, sueños, deseos que quiero (¿o debo?) cumplir. Muy a mi pesar, he tenido algo rondando mis pensamientos desde que dejé Venezuela, algo que retumba sin cesar en la caja acústica de mi cabeza, algo que sé que es cierto pero que no me atrevo a cambiar. Resulta que durante mi último trabajo en Venezuela, todos los compañeros nos sentamos en torno a una colega que estudia la astrología por placer y que, para matar el tedio antes de que este nos matara a nosotros, se dedicó a describirnos y a darnos consejos según nuestros datos zodiacales. Empezó conmigo, no se lo pedí y todavía no estoy seguro de si quiera agradecérselo. Sus palabras realmente me tocaron en lo más profundo de mi ser; el verdadero yo había quedado en evidencia. "Agua, necesitas agua en tu vida. Quieres controlar tus sentimientos y someterlos a tus pensamientos. El agua hará que tus emociones fluyan y créeme, lo necesitas". No deseo comentar más nada al respecto.

Con todo eso, un poco de allá y algo de aquello, estoy ya bien adentrado en mi nuevo entorno. He conocido gente espléndida, vivo en paz y tengo un trabajo respetable en el cual he podido sobresalir, de la manera que a mí me gusta. Sí, sobresalir. No podría vivir sin ser reconocido, aún cuando adore el anonimato. ¿Paradójico? por supuesto, siempre he sabido que soy una paradoja ambulante que fastidia a los demás. ¿Megalómano en fase de negación? quizás... no lo creo, ya que me aseguro de que nadie lo note.

En resumen, creo que he dado el primer paso en la dirección que siempre he querido ir. Sísifo escogió el sendero por el que arrastrará su condena hasta la cima, quién sabe si para comenzar de nuevo otra vez. Los miedos no se han ido, están allí todavía cuales buitres, esperando el primer error que me haga vulnerable, así sea por un segundo, para hacer festín de mi carroña. El miedo a lo desconocido siempre estará rondando, negarlo sería como negar mi carne, mi sangre y mis huesos... Al fin y al cabo, eso es lo que soy: un simple ser humano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario